jueves, 25 de junio de 2015

LORCA, EL INDOMABLE

"El hom­bre no es una sim­ple brizna de hierba, sino un nave­gante". Podría ser este verso la clave sim­bó­lica de El público, una obra difí­cil y mis­te­riosa que Fede­rico Gar­cía Lorca escri­bió en Cuba, justo des­pués de su viaje a Nueva York, durante una época de intensa expe­ri­men­ta­ción artís­tica. Ahora, el com­po­si­tor Mau­ri­cio Sotelo y el libre­tista Andrés Iba­ñez, junto al escul­tor y esce­nó­grafo Ale­xan­der Pol­zin, han aco­me­tido el desa­fío de trans­for­marla en una ópera para el siglo XXI, y la posi­bi­li­dad de acce­der a este desa­fiante uni­verso en el Tea­tro Real, donde ha sido estreno mun­dial, con­cluye mañana.
El espec­ta­dor ha de ser osado nave­gante por este mar bra­vío y surrea­lista. Por­que es ésta una“obra para ser sil­bada”, como dijo el pro­pio Lorca, quien con­tem­plaba, soñaba y tam­bién enten­día El público más en tér­mi­nos musi­ca­les que lite­ra­rios. Par­ti­mos de un direc­tor de tea­tro (José Anto­nio López) casado con una mujer (Gun-Brit Bark­min) para inten­tar olvi­dar su pasado homo­se­xual, que pre­para una repre­sen­ta­ción de Romeo y Julieta hasta que su anti­guo amante Gon­zalo (Tho­mas Tatzl) reapa­rece y le hace sen­tir que está enga­ñán­dose a sí mismo, ins­tán­dole a hacer un tea­tro bajo la arena, es decir, poner de relieve los temas que de ver­dad le ata­ñen por mucho que resul­ten pro­vo­ca­ti­vos en el con­texto esté­tico y moral de la época. Y la reso­lu­ción lor­quiana es la muerte final del amante.
Fotografías: Javier del Real.
Foto­gra­fías: Javier del Real.
Pudiera pare­cer sen­ci­llo el dotar al con­flicto de una linea­li­dad narra­tiva fácil de asi­mi­lar. Pero es un texto que no está pulido. De haberlo estado, “El público sería hoy una obra mucho más clara y más per­fecta (todo el tea­tro de Lorca tiene una enorme cali­dad for­mal), pero habría per­dido, quizá, gran parte de su con­te­nido tur­ba­dor y enlo­que­cido: sería menos música y más lite­ra­tura”, en opi­nión del libre­tista Andrés Ibá­ñez. De modo que cabe ima­gi­nar, con el argu­mento de que es un pri­mer borra­dor sin una cla­ri­dad for­mal y racio­nal, que entra­mos direc­ta­mente en la mente de Lorca, pene­tra­mos en sus oque­da­des más tur­bias, en lo más latente de sus inquie­tu­des, de sus ins­tin­tos.
Los caba­llos, que en el poeta sig­ni­fi­can la viri­li­dad, el ins­tinto más fiero del ser humano, apa­re­cen como el leit­mo­tiv de la obra en la figura de unos can­tao­res semi­des­nu­dos (Arcán­gel, Jesús Mén­dez, Rubén Olmo) que bai­lan fre­né­ti­ca­mente el fla­menco moviendo sus alo­ca­dos cabe­llos rubios al aire y piso­teando las tablas con unos taco­nes blan­cos y gro­sos, que hacen las veces de pezu­ñas. La orquesta, como explica el com­po­si­tor de esta ópera, Mau­ri­cio Sotelo, está for­mada por treinta y cua­tro músi­cos, y su sono­ri­dad se pro­yecta en el espa­cio del Tea­tro Real por un sis­tema de treinta y cinco alta­vo­ces, donde fluye otro de los aspec­tos fun­da­men­ta­les: la elec­tró­nica. “Gerard Mor­tier, el direc­tor artís­tico que ideó con­ver­tir El público en ópera, de cuyo falle­ci­miento acaba de cum­plirse el año, creía que este com­ple­jí­simo texto lor­quiano sólo podría ser com­pren­dido en toda su dimen­sión a tra­vés de la música”. Es la fusión del fla­menco más des­ga­rra­dor con las arias deli­cio­sas de los teno­res y las sopra­nos lo que redon­dea la genia­li­dad del empaste y el equi­li­brio de soni­dos en un estilo único.
Alcanza casi las tres horas de dura­ción, divi­dida en cinco cua­dros. En esta estruc­tura de El público“no sólo tene­mos una de las gran­des crea­cio­nes del surrea­lismo espa­ñol, sino tam­bién una de las gran­des crea­cio­nes de nues­tro casi inexis­tente roman­ti­cismo”, en pala­bras de Ibá­ñez; y, por supuesto, una ópera del siglo XXI, donde son pal­ma­rias unas sen­si­bi­li­da­des y unas vigas narra­ti­vas que des­co­lo­can com­ple­ta­mente a quien acuda con una idea de lógica y racio­ci­nio. Se trata de ver el mundo a tra­vés de lo intan­gi­ble, las pul­sio­nes y los sufri­mien­tos; inten­tar com­pren­der la vidamirando con muchos ojos las muchas reali­da­des.
El-publico-5785
J. R. / Tea­tro Real.

Hay cubismo: con un fondo de espe­jos, se cua­dri­plica la escena de la muerte de Gon­zalo, una suerte de Jesu­cristo subido a una silla de metal que está res­pal­dado por un gran número de mano­las con velo­nes que se repi­ten irreal­mente en el espejo. A este Cristo lo van pin­tando de san­gre unos ciru­ja­nos ves­ti­dos de batas de látex (muy al estilo de Lady Gaga por­que el ves­tua­rio de El públicoha estado a cargo de Assaad Awad, dise­ña­dor de la can­tante). Tam­bién apa­rece refle­jado en el espejo el pro­pio espec­ta­dor, las buta­cas y los pal­cos. Lorca explicó que la obra tenía ese título por­que era “el espejo del público”, es decir, que los asis­ten­tes lle­ga­rían a ver en ella sus deseos, pre­jui­cios y mie­dos. No es casual que justo en esa escena en que el audi­to­rio forma parte del esce­na­rio, retumbe de repente un gong en el palco cen­tral, con un leve encen­der de las luces del público, y un pál­pito tam­bién en los cora­zo­nes, refle­ja­dos como un mar de sueño, un mar de tie­rra blanca y los arcos vacíos por el cielo.
Uno de los tan­tos ver­sos, una de las tan­tas cla­ves que atan o abra­zan el sim­bo­lismo de este com­pen­dio de plas­ti­ci­da­des con­cep­tua­les que con­vier­ten a El público en tea­tro de tesis, según el libre­tista, quien la define como una pieza con “todas las posi­bi­li­da­des del len­guaje, de la inte­li­gen­cia, con­cien­cia y sen­si­bi­li­dad humana; desde la dis­cu­sión filo­só­fica a la can­cion­ci­lla popu­lar, desde la obs­ce­ni­dad hasta la más intima ter­nura, desde la expo­si­ción de ideas hasta la explo­sión de imá­ge­nes ver­ba­les”. Inmersa en una dimen­sión inte­rior y abs­tracta, esta ópera sub­raya los indo­ma­dos ins­tin­tos de un Lorca que nos legó el borra­dor de las pul­sio­nes, sin darle forma defi­ni­tiva; la prueba sin acla­rar de la que­ren­cia sen­ti­men­tal y ani­mal del ser humano. Que apunta a com­pren­der, sintiendo.


ANTONIO FERNÁNDEZ JIMÉNEZ

viernes, 15 de mayo de 2015

El abrazo infiel', de Olvido Hormigos

Un nombre se suma a la avalancha de personajes televisivos que arrasa las mesas de novedades: Olvido Hormigos, que publica El abrazo infiel en RBA. Hormigos no presenta un telediario, un programa de debate o un concurso, ni protagoniza una serie de éxito: la concejala socialista alcanzó la fama tras filtrarse un vídeo sexual que había enviado a su amante, un futbolista de Los Yébenes (Toledo), el pueblo en el que ambos vivían. Este hecho apartó a Hormigos de la política y la enseñanza, sus profesiones y aparentes vocaciones, facilitándole una nueva carrera profesional en la televisión —colaboró en Sálvame y se peleó con la escritora Lucía Etxebarria enCampamento de verano— y, por lo que se ve, en la literatura.
El abrazo infiel cuenta una historia de amor y sexo protagonizada por Adriana, una mujer que —en palabras de la autora— busca la libertad en un mundo machistaOlvido Hormigos ha insistido en desligar las aventuras y desventuras de Adriana de las suyas propias, insistiendo en que El abrazo infiel no es una novela autobiográfica —aunque el episodio inicial guarda un parecido considerable con el vídeo de marras, y uno de los personajes de la novela se inspira en ¡Belén Esteban!—. También ha querido separar su novela de la saga Cincuenta sombras de Grey, no vaya a ser.
Si sorprendió el anuncio de la publicación de El abrazo infiel en RBA, más ha chocado la rapidez con la que llega a librerías: entre aquella primera nota de prensa y el anuncio firme de la edición del libro —con Olvido Hormigos posando desnuda en la cubierta— apenas ha transcurrido un mes. La escritora debutante aclara que escribe un diario personal desde hace años, y que es lectora habitual; el último título al que se ha acercado, La triste historia de tu cuerpo sobre el mío, de Marwan. Aún no sabemos si merecerá la pena acercarse a El abrazo infiel sin prejuicios, siOlvido Hormigos justifica —o no— todas las dudas, o si se trata de unos de los inicios más confusos de carrera literaria que recordamos.

martes, 21 de abril de 2015

'Dios no tiene tiempo libre'

Porque en muchas ocasiones importan más las historias que se cuentan que las vías para compartirlas, Dios no tiene tiempo libre —la nueva novela de Lucía Etxebarria— se conoció antes como obra de teatro. Estrenada en una sala independiente el año pasado, producida y dirigida por la propia autora, esta historia de corrupción —y amor— vuelve ahora a su formato original: el libro.
David, un actor que lo tuvo todo y lo perdió todo, recibe un encargo inesperado: visitar a Elena, que fue su novia de juventud, más tarde casada con un político corrupto. Elena agoniza en una habitación de hospital y su prima Alexia, millonaria cuya fortuna proviene de las inversiones inmobiliarias de su exmarido, es quien realiza el encargo. El cruce de seducción, engaño, mentiras y traiciones entre el trío David-Elena-Alexia saca a la luz lo mejor y lo peor de cada uno.
Dios no tiene tiempo libre analiza los mecanismos de la corrupción desde lo particular a lo general, desde las pequeñas corruptelas del día a día hasta las grandes tramas políticas. Pero habla sobre todo de amor, de redención, de la capacidad de elegir o de decir que no, con el habitual tono —entre lo irónico y lo poético— de Lucía Etxebarria.
Lucía Etxebarria es licenciada en Filología y Periodismo y doctora en Letras por la universidad de Aberdeen. Ha escrito novelas, cuentos, libros de poesía, guiones de cine, cuentos para niños y ensayo político, literario y feminista. Ha publicado más de veinte libros traducidos a más de veinte idiomas. Es miembro de la Academia de Cine. Ha ganado el premio Nadal, el Primavera, el Planeta, el Barcarola de Poesía y el Lazio (concedido por el Ministerio de Cultura italiano) a la mejor novela extranjera. Escribe en prensa cuando le dejan y habla en la radio en el gabinete de Julia Otero. El suplemento cultural de Le Fígaro dijo de ella que era la voz española más potente de su generación.

viernes, 17 de abril de 2015

'Sumisión', de Michel Houellebecq

Los caminos de Michel Houellebecq son inescrutables y siempre garantizan el rodeo y la polémica. Sumisión, su novela más reciente, salió a la venta el mismo día del atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo: la actualidad ha acelerado su publicación en España —de la mano de Anagrama, su casa habitual— de 2016 a otoño de este año y, finalmente, el mes de mayo. Ya podemos mostrarte su cubierta.
Sumisión muestra a un protagonista, François, cuya actitud vital no sorprenderá a los lectores habituales deMichel Houellebecq: profesor universitario, soltero, alcohólico y más misógino que machista, que ya es decir. La novela transcurre en la Francia de 2022, cuando el PS (socialista) y la UMP (conservadora) deciden evitar que el Frente Nacional se haga con el poder, apoyando al segundo partido del país, la Fraternidad Musulmana. Esto implica que la religión musulmana centre la vida pública de Francia, expulsando a las mujeres del espacio público y encerrándolas en el hogar, algo que provoca un exilio masivo del país pero, se imaginará el lector, entusiasma a François, que se convierte al islam.
Laurent Joffrin, director de Libération, interpretó como un apoyo de Michel Houellebecq que el escritor desarrollara en Sumisión la amenaza sobre la que Marine Le Pen —presidenta del Frente Nacional— insiste para respaldar sus argumentos. En cambio, el filósofo judío Alain Finkielkraut apoyó al escritor y su novela Sumisión en Le Journal du Dimanche —de derechas—, destacando que Houellebecq se ha limitado a poner por escrito un futuro de Francia que, aunque no es seguro, sí es plausible. El propio Michel Houellebecqha admitido que la realidad que dibuja en Sumisión es poco verosímil, reivindicando su irresponsabilidad. En unas semanas podremos leer para juzgar.

miércoles, 15 de abril de 2015

La vida sin armadura Alan Sillitoe

¿Recuerdan aquella angustiosa batallita abuelil del yo con cinco pesetas iba al cine, merendaba, me compraba cuatro caramelos y ahorraba para que tú ahora puedas estar ahí sentado comiendo pan con Nocilla con tu carita de clase media bien alimentada? En La vida sin armadura, Alan Sillitoe, desde el trono de escritor consagrado que ha llegado a la cúspide salido del lodazal más inmundo de la Inglaterra obrera de posguerra, nos cuenta su vida a golpe de correazo de padre analfabeto, desgranando uno a uno cada penique que ganaba, cómo lo conseguía y en qué lo gastaba, pero ahorrándose el tono aleccionador, simplemente con la ligereza de alguien para quien la miseria fue algo innato y no necesariamente traumático.
El autor de La soledad del corredor de fondo rechazaba que se le identificara con la figura del escritor proletario, pero su biografía, sencilla y franca, en ocasiones toma el encantador cariz del libro de cuentas de un ama de casa en apuros, detallando pagas semanales, precios de libros y alimentos. Incluso cuando el niño de barrio deprimido de Nottingham se transforma en un joven aspirante a escritor que vive en una comunidad de artistas en la isla de Mallorca y que se mantiene gracias a la pensión del ejército (concedida tras haber enfermado de tuberculosis en Malasia) la posibilidad de comer naranjas gratis o el pago de cada uno de los alquileres quedan patentes al final de cada anécdota. Hay un párrafo especialmente remarcable en este sentido, en el que el autor y el lector suspiran de alivio al unísono, y es cuando, tras años de luchar por la publicación de un libro, la rueda del éxito empieza a girar, y es justo ahí cuando la pensión del ejército deja de fluir. Sillitoe afirma que siempre pensó que un responsable anónimo de las pensiones del ejército, de alguna manera estuvo ocupándose en la sombra de que la pensión fuese renovada una y otra vez, en una especie de mágico mecenazgo en la sombra, hasta que el cachorro estuviese listo para andar por sí mismo.
Sillitoe no tiene piedad con nadie: describe a su padre como la inteligencia de un niño de 10 años en el cuerpo de un animal, y narra las penurias para seguir adelante en toda su crudeza. Cuando se trata de sí mismo, tampoco se da demasiado respiro, y relata con sorna su propia ineptitud literaria: Mi hermano Brian, a quien había enviado una copia, me la devolvió diciéndome que, en su opinión, que el camarero lleve a la mesa un pedido de ocho pintas, tres vasos, dos ginebras con naranja, ron, whisky y tres paquetes de cigarrillos Woodbine desde la barra, no es realista, porque no podría llevarlo todo en una bandeja. Y lo que de verdad brilla entre la mugre de su relato es precisamente esa falta de resentimiento, la ligereza para seguir viviendo, la fuerza de quien reconoce su propia estupidez, pero también intuye su propio talento, y camina con uno en cada mano, tambaleándose.
Al final, cuando ya es el pionero de la literatura obrera británica y sus libros Sábado por la noche, domingo por la mañana y La soledad del corredor de fondo son exitosas adaptaciones cinematográficas, el escritor británico rememora la barrita de mantequilla recién hecha que compra en la tienda del pueblo al que se ha retirado para seguir escribiendo con la delectación de un niño pobre frente a una golosina, y afirma:No sentir ansiedad con respecto al dinero parecía la única confirmación del éxito.

jueves, 5 de marzo de 2015

Literatura erótica: las mejores novelas

AAhora que parece que la literatura erótica interesa especialmente, tanto a las grandes editoriales como a los lectores, como prueban fenómenos del tipo Cincuenta sombras de Grey o No te escondo nada, nos parece el momento ideal para recordarestos hitos de la literatura erótica a través de esta selección de novelas eróticas:
Historia de O
Dominique Aury
Cuando el editor francés Jean-Jacques Pauvert publicó, en 1954, Historia de O, su novela erótica estalló como una bomba en el puritano mundo postbélico, causando escándalo y desconcierto. Pero lo que una mujer, Pauline Réage, expresaba de pronto con tan desgarradora y brutal belleza respondía, curiosamente, a lo que millones de lectores, hombres y mujeres, sentían sin osar siquiera formular en forma de deseo. No tardó muchoHistoria de O en convertirse en el libro más traducido y leído en el mundo desde El Principito de Saint-Exupéry. Historia de Oexpone las “aventuras” de una mujer que trata de conquistar plenamente a su amante entregando su voluntad y fe a un estilo de vida cercano al sadomasoquismo. Su gran pasión por este hombre la lleva a hacer cosas que nunca antes había podido ni siquiera imaginar…

Emmanuelle
Emmanuelle Arsan
Probablemente la fuerza de la película ha eclipsado en parte la genialidad de la novela, pero no podíamos dejar fuera de esta selección de las mejores novelas eróticas de la historiaa Emmamuelle. La ley de Emmanuelle es sencilla: hacer el amor a todas horas, de día o de noche, en cualquier circunstancia, con quien sea, ya sea él o ella, o ellos y ellas, con cualquiera que se lo pida y que a ella le guste. En el marco exótico de una sociedad neocolonial de Bangkok, europea, restringida y refinada, la joven descubrirá las reglas profundas del amor, la gloria del placer sexual gracias al propio cuerpo, e irá al encuentro de una filosofía “natural” y optimista. De la mano de un maestro en las artes amatorias, el italiano Mario, Emmanuelle irá limando sus reticencias para alcanzar al fin un universo de amor total, la “Erosfera” a la que conduce la práctica de una sexualidad profundamente consciente y liberada de todo tabú.

El amante
Marguerite Duras
Hay veces, por suerte, en que la novela eróticasupera su cruz de literatura marginal y llega a las grandes masas. Algo así ocurrió en 1984 con El amante de Marguerite Duras. Cuarenta y un años después de publicar su primera novela, Duras se convirtió de la noche a la mañana en una autora solicitada por todos los públicos, con esta narración autobiográfica en la expone, con la intensidad del deseo, esa historia de amor entre una adolescente de quince años y un rico comerciante chino de veintiséis. Esa jovencita bellísima, pero pobre, que vive en Indochina, no es otra que la propia escritora quien, hoy, recuerda las relaciones apasionadas, de intensos amor y odio, que desgarraron a su familia y, de pronto, grabaron prematuramente en su rostro los implacables surcos de la madurez. Pocas personas -y en particular mujeres- permanecen inmunes a la contagiosa pasión que emana de este libro.

Las edades de Lulú
Almudena Grandes
Almudena Grandes, enfrascada en la actualidad en sus Episodios de una Guerra interminable, se dio a conocer con una novela erótica que escandalizó y entusiasmó en la España de 1989.Las edades de Lulú, que obtuvo el IX Premio La sonrisa vertical (¡cuánto tenemos que agradecerle a esta colección los amantes de laliteratura erótica!), es una larga historia de amor que, como cualquier historia de amor que no se resigna a dejar de serlo, va haciéndose más compleja y envolvente. Lulú, una niña de quince años, sucumbe a la atracción que ejerce sobre ella un joven, amigo de la familia, a quien hasta entonces ella había deseado vagamente. Después de esta primera experiencia, Lulú, niña eterna, alimenta durante años, en solitario, el fantasma de aquel hombre que acaba por aceptar el desafío de prolongar indefinidamente, en su peculiar relación sexual, el juego amoroso de la niñez. Crea para ella un mundo aparte, un universo privado donde el tiempo pierde valor. Pero el sortilegio arriesgado de vivir fuera de la realidad se rompe bruscamente un día, cuando Lulú, ya con treinta años, se precipita, indefensa pero febrilmente, en el infierno de los deseos peligrosos.

Historia del ojo
Georges Bataille
Para muchos, la obra maestra de la literatura erótica. En ella confluyen, por un lado, la mejor prosa en clave surrealista de este gran novelista, ensayista y poeta francés y, por otro, la esencia de su obsesiva preocupación por el sexo, la muerte y la fe -su fe- que configura, en realidad, gran parte de su obra. El surrealista Bataille relaciona, en una trama anecdótica y simple, las imágenes que de un modo inconsciente y automático evocan el ojo, el huevo, el sol, los genitales del toro, con toda su carga de connotaciones atávicas, y nos las “revela” en sucontenido erótico más revulsivo. El personaje de la joven Simone, que transgrede en todos sus actos cualquier norma de comportamiento sexual admitido, moral y conscientemente, es la encarnación, por una parte, del Deseo inconsciente y, por otra, del Pecado, de lo Prohibido y por ende del Placer, que a su vez, por ser fruto del mal, no es más que portador del máximo castigo: la muerte. Así pues, el goce en su plenitud sabe siempre a muerte…

El amante de Lady Chatterley
David H. Lawrence
Constance Reid tiene 23 años cuando se casa con Clifford Chatterley, un elegante teniente del ejército británico. Corre el año 1917 y Clifford se va a luchar en el frente de la batalla de Flandes, de donde regresa con una parálisis irreversible. La joven pareja se asienta en una casa situada en las tierras de la familia de él. Lady Chatterley, joven educada fuera de los tabúes y el puritanismo, se verá así abocada a la represión sexual… Hasta que Lady Chatterley decide tomar las riendas de su vida de nuevo y dejar de ser simplemente la compañera y enfermera de Sir Clifford. Abandonándose a sí misma, triste e indiferente, Constance Chatterley se refugia en la pasión erótica que le otorga Parkin, el guardabosques de la zona, que vive aislado tras la separación de su mujer, lo que supondrá el despertar a la sensualidad para ella, y la vuelta a la vida y sus placeres para él. Curiosamente, lo que escandalizó a los guardianes de la moral no fueron sólo las minuciosas descripciones eróticas, sino sobre todo la transgresión de los tabúes sociales. Lo peor no era que Lady Chatterley le fuera infiel a su marido entre los matorrales, sino que el objeto de sus pulsiones sexuales fuera un obrero de su finca.

Chaperos
Dennis Cooper
Aunque sea borrosa la frontera que separa elerotismo y la pornografía en la obra de Dennis Cooper, la gran mayoría (si no todas) de sus novelas poseen una fuerza erótica que las hace merecedoras de aparecer en esta selección de novela erótica (ya la incorporamos también a nuestra selección de literatura gay), aunque su género más exacto sería algo así como "el lirismo nihilista". Es el caso de Chaperos, en la que Cooper utiliza tanto las páginas de una web en la que los clientes de escorts gays informan sobre la calidad de los servicios que han contratado, como del intercambio de mensajes, emails y conversaciones entre decenas de narradores poco fiables. El encuentro entre un joven chapero y un cliente satisfecho da lugar a una metaficción donde se alían la pornografía, las mentiras, las medias verdades, y la mitomanía.

Justine o Los infortunios de la virtud
Marqués de Sade
Así describió el propio Marqués de Sade a su mujer el argumento de Justine: (El objetivo de esta novela es el de) presentar por todas partes al Vicio triunfante y a la Virtud como víctima de sus sacrificios ; a una desgraciada vagando de desventura en desventura cual juguete en manos de la maldad, entregada a todos los desenfrenos, al albur de los gustos más bárbaros y más monstruosos, aturdida por los sofismas más atrevidos y más perversos, presa de las seducciones más hábiles, de las sumisiones más irresistibles ; (…) atreverse en resumen a las descripciones más osadas, a las situaciones más extraordinarias, a los pensamientos más espantosos, (…) con el único fin de obtener de todo ello una de las más sublimes lecciones de moral que el hombre haya recibido jamás : era, habrá de convenir, alcanzar el objetivo por un camino hasta ahora jamás hollado por él.
Como en la mayoría de las obras de Sade, pueden observarse dos niveles de contenido: por un lado, una serie de escenas de violencia sexual; por otro, los sofismas de aquellos personajes que protagonizan esta violencia, justificándola. Una mayoría de aquellos que han analizado la obra de Sade han querido ver en las argumentaciones de estos personajes el pensamiento del propio Sade, un sistema filosófico y político basado en el materialismo ateo de la Ilustración francesa, opuesto a las ideas de Jean-Jacques Rousseau sobre la bondad innata del ser humano.

Trópico de Cáncer
Henry Miller
Publicado por primera vez en París en 1934, debido a la censura no vio la luz en Estados Unidos hasta 1961, después de más de sesenta juicios. Considerada por la parte de la crítica como la mejor de sus obras, en su primera novela se sitúa Miller en la estela de Walt Whitman y Thoreau para crea un monólogo en el que el autor hace un inolvidable repaso de sus estancia en París en los primeros años de la década de 1930, centrada tanto en sus experiencias sexuales como en sus juicios sobre el comportamiento humano. Saludada en su momento como una atrocidad moral por los sectores conservadores -y como una obra maestra por escritores tan distintos como T.S. Eliot, Goerge Orwell o Lawrence Durrell-, en la actualidad es considerada una de las novelas más rupturistas, influyentes y perfectas de la literatura en lengua inglesa.hora que parece que la literatura erótica interesa especialmente, tanto a la

lunes, 23 de febrero de 2015

EL COMIENZO DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD


Cien años de soledad, la novela cumbre deGabriel García Márquez, ganador en 1982 del Premio Nobel de Literatura, es considerada una obra maestra de la literatura hispanoamericana y universal.
 
Cien años de soledad, de Gabriel García MárquezGabriel García Márquez logró con Cien años de soledad crear un universo único que lo convirtió en el máximo exponente del realismo mágico latinoamericano del siglo XX.
 
Sin embargo, Cien años de soledad es sólo una de las más de 50 obras escritas por Gabriel García Márquez a lo largo de su vida.
 
La primera edición de Cien años de soledad fue publicada en Buenos Aires en mayo de 1967 por la editorial Sudamericana con una edición total inicial de 8.000 ejemplares. Hasta hoy se han vendido más de 30 millones de ejemplares y ha sido traducida a más de 35 idiomas la novela que comienza así:
 
 
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Yo, Christiane F. Mi segunda vida

Hablar de libros y droga es hablar de Christiane F., una chica de la Alemania precaída del Muro hija de una familia desestructurada y heroinómana precoz, cuyos años de juventud, en los que se prostituyó para satisfacer su adicción, fueron relatados en el libro Los niños de la estación del Zoo Yo, convertido en 1981 en una película de éxito, Yo, Christiane F. Hijos de la droga (1981).
Yo Christiane FDesde que se publicara el libro, y más aún con la película, la vida de Christiane F. se ha conocido sólo de manera fragmentaria gracias al seguimiento de la prensa sensacionalista, que ha dado morbosa cuenta de sus recaídas en “el caballo”.
La publicación de Yo, Christiane F. Mi segunda vida. Una autobiografía, que en España nos llegará en enero de 2015 de la mano de Alpha Decay, nos cuenta en primera persona qué le sucedió a Christiane tras convertirse en una de las figuras más relevantes de la contracultura alemana anterior a la caída del Muro de Berlín. De las conversaciones entre Christiane F. y la periodistaSonja Vukovic nace este libro.
En 1978, cuando sólo tenía quince años, Christiane F. saltó a la fama como la primera celebridad toxicómana de Alemania. Se había vuelto adicta a la heroína unos meses antes, tras esnifar su primera raya durante un concierto de David Bowie, y a este primer contacto con los opiáceos le siguieron tristes episodios de dependencia, prostitución, exclusión social y agujas compartidas. Su historia adolescente fue recogida en una biografía editada por la revista SternLos niños de la estación del Zoo, y una película dirigida por UliEdel, Yo, Christiane F. Hijos de la droga (1981), pronto convertida en un hito comercial del nuevo cine alemán.
Yo, Christiane F. Mi segunda vida es la continuación del relato, en el que la propia Christiane explica en primera persona todo lo que le ha acontecido desde el éxito del biopic inspirado en sus primeros años como “yonqui estrella”: desde codearse con la fama y el underground cultural del agitado Berlín de los años 80 (desfilan el grupo Einstürzende Neubauten al completo, David Bowie, AC/DC y los primeros DJs de la escena techno) a sus años de hippie, y como eje de la confesión su lucha por apartarse, en vano, del camino de la heroína, que le ha conducido inexorablemente a la ruina física y emocional: acosada por los paparazzi, enferma crónica del hígado, desposeída de la custodia de su hijo y todavía esclavizada a un programa de metadona.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Booktubers: un nuevo fenómeno en la red

El último fenómeno de libros en la red no es una (otra) novela erótica pensada para mujeres con pocas exigencias lectoras, ni una galería de gatitos con libros (o perros), ni un nuevo desliz de Lucía Etxebarria, no… ¡Son los booktubers!
¿Qué es un booktuber? Se trata de jóvenes lectores que comparten sus pasiones librescas con sus seguidores, que pueden llegar a contarse por miles, a través de un canal de Youtube. Para ello, realidad 2.0 mediante, les basta con tener una webcam, un ordenador y labia. Los booktubers hacen críticas de libros, pero más que eso el fenómeno funciona porque comparten con sus seguidores costumbres, manías, juegos y otras filias relacionadas con los libros.
Funcionan con una serie de book tags (“etiquetas”) que se pasan de unos a otros, a modo de retos, y que dan lugar a vídeos visitados y compartidos una y otra vez. Desde “Busca un personaje de libro que empiece por cada una de las letras del abecedario”
a “Tu vida en libros”
o “El cuerpo humano” (un libro para cada parte o miembro…).
Se dice que el origen de los booktubers está en los “video hauls”, vídeos en los que chicas y chicos muestran sus últimas compras de ropa, su botín (haul) de fashionistas. Pronto surgieron los “book hauls”, en los que chicas y chicos con otro tipo de gustos enseñan los libros que se han comprado en el último mes, o en una semana…
Los vídeos de los booktubers crean comunidades de seguidores encantados de compartir sus preferencias y manías: los próximos libros que leerán, cómo los ordenan en su cuarto (el sancta sanctorum de los booktubers es su dormitorio), qué portadas les subyugan y cuáles aborrecen, etc.
Habrá quien acuse a estos chicos de egocéntricos o frívolos, pero se han convertido ya en auténticos prescriptores de literatura juvenil. Bien lo saben o deberían saber las editoriales... Como no podía ser de otro modo en estos nativos digitales, apoyan su canal de Youtube con blogs, cuentas de Facebook y Twitter, Tumblr, Goodreads, Instagram, Lastfm, Spotify y demás redes y herramientas.
Entre los booktubers más conocidos de España tenemos a May R. Ayamonte (11.500 seguidores), Fly like a butterfly (28.100) o Nube de Palabras (15.500).
Puedes ignorarlos si quieres, pero los booktubers están ahí, sumando seguidores día a día. Y se cuentan por miles: Las palabaras de Fa tiene 110.000, Un lector nocturno 5.500, LuaLunera casi 15.000...



miércoles, 26 de noviembre de 2014

Za Za, emperador de Ibiza (Ray Loriga)


A Ray Loriga llevan toda la vida poniéndole etiquetas. Según algunos es la estrella del rock de las letras europeas, según otros es el líder de la Generación X que comenzó en los noventa y según otros está redefiniendo la ficción del siglo XXI. Y es que todos sabemos que si algo gusta al público es ponerle una etiqueta a un escritor, como si fuese un tarro de mermelada en un supermercado. Y me gustaría pensar que un autor escribe más de lo que cabe en una etiqueta. Hace poco, en un programa de televisión donde iba promocionando este mismo libro, preguntó al público si alguien vivía en Madrid centro, y al que levantó la mano le preguntó si podían compartir taxi. Creo que esta mera anécdota, esta gracia televisiva, ya dice bastante primero, de cómo está la situación de los escritores, y de la capacidad de decir mucho con pocas palabras de Ray Loriga. Este siempre ha mostrado cierta predilección por seres marginales, alejados de la sociedad ya sea por sí mismos o por circunstancias impuestas.
Recuerdo con especial cariño sus tres primeras novelas, tres pequeñas joyas que he releído más de una vez, Lo peor de todo, Héroes y Caídos del cielo. Son páginas llenas de personas solitarias que buscan consuelo de diferentes formas, a veces melancólicas y a veces violentas. Pero se podía ver un poso común, un hilo conductor que parecía llevar de los personajes al propio autor. Y es que Ray, con esa tupida barba y esa mirada dura podría muy bien protagonizar uno de sus propios libros. Pero el actual Ray Loriga ya no es ese niño que soñaba ser escritor, es el hombre que sujeta a ese niño.
Y ahora nos llega Za Za, emperador de Ibiza, su nueva novela. Es esta una historia de Zetas, de muchas Zetas, tal como queda reflejado en la propia portada del libro. Imaginemos tres círculos superpuestos, de forma que la confluencia de los tres resulta ser una pequeña área protegida por el resto de esas formas geométricas. Esa pequeña área bien podría ser una isla rodeada de mar, pero no una isla cualquiera, sino Ibiza, y no a una hora cualquiera, sino de día, cuando los ánimos de la fiesta están más calmados y los fiesteros y los DJ´s están durmiendo o reposando sus penas en la playa. Cuando la fiesta ha acabado, se encienden las luces y podemos ver los restos de lo que una vez fue. El primer círculo es Za Za, el protagonista, un ex dealer retirado en esa isla que pasa sus días dando paseos, escogiendo camisas y comiendo pizza. Un buen muerto, en palabras del propio escritor. El segundo círculo es ZAZA, el barco de recreo más grande del mundo, de ciento ochenta metros de eslora y una alegre tripulación embutidas en polos náuticos rosas. Y el tercero es ZAZA, la mayor, más excitante y legal droga recreativa que se haya comercializado jamás. Y como un buen ciclón es la confrontación de vientos opuestos, este libro es la confrontación de estos tres frentes, de estos tres círculos, de todas estas Zetas.
Uno puede correr mucho para darse cuenta, al final, que los problemas siempre corren más que tú. Y el pobre Za Za se ve arrastrado por estos vientos como un pelele de la casualidad, que es lo que es. En esta novela se habla de casi todo, con esa ligereza que se te pega a los labios cuando estás de vacaciones en una isla mediterránea como es Ibiza. De la independencia, de las drogas, del dinero, el éxito, la experimentación científica, la felicidad y lo que somos capaces de hacernos unos a otros para ser felices, aunque sea de una forma fingida, pero felices al fin y al cabo. Y en el medio de toda esta vorágine el protagonista, que sólo aspira a vivir tranquilo y a que le dejen en paz. Porque, ¿no es esa la felicidad última? ¿No es eso los restos de la fiesta en las baldosas del suelo cuando asoma el nuevo día? Un día ventoso, con vientos en forma de Zeta.
Crítica por: Santiago Pajares / Latormentaenunvaso
http://www.estandarte.com/

martes, 25 de noviembre de 2014

Galería de escritores... escribiendo

Los escritores sufren y se divierten, leen a otros escritores, promocionan los libros que ya han publicado, pero sobre todo escriben, o eso pretendemos imaginar desde Estandarte. En otras ocasiones te hemos mostrado galerías de escritores guapos y de escritoras guapas, de escritores con sus perros y con sus gatos, e incluso de gatos independizados en el acto del disfrute de la buena literatura.
Sin embargo, nos quedaba una fundamental: la de escritores en su salsa, escribiendo. La de la lucha frente al texto, claro. Entre ideas y correcciones, protegidos por los títulos de su biblioteca que más estiman o rodeados de las fotografías de sus autores de cabecera, los escritores se entregan a lo que saben hacer con más talento.
Te traemos una muestra breve, pero intensa, que dicta el tópico, de escritores escribiendo. Tal cual, sin más aliños: solos frente a la página en blanco. A mano o a máquina, todavía sin la aparición de los ordenadores (¿qué tal una segunda galería?), todos nombres de referencia cuyos libros hemos disfrutado, nos asomamos a la intimidad de la escritura, y rompemos la magia o, mejor dicho, nos zambullimos en ella.
¿Te imaginas la prosa densísima de William Faulkner fraguándose en primera línea de piscina? ¿De qué forma las tarjetas en las que Vladimir Nabokov enlazaba sus palabras se convertían en originales para entregar al editor? ¿Dorothy Parker afilaba su lengua y su pluma en soledad o en compañía? ¿Y los poemas leves y precisos de Idea Vilariño? Esperamos que disfrutes de esta galería de escritores escribiendo.









Camilo José Cela.

Miguel Delibes
Miguel Delibes.


















William Faulkner, ¿escribiendo?










Gabriel García Márquez.










Gabriel García Márquez, escribiendo aún más.











Patricia Highsmith.










Vladimir Nabokov dicta una de sus historias a Vera, su esposa.











George Orwell.

















Dorothy Parker.





















Sylvia Plath.











Philip Roth.











Susan Sontag.










Idea Vilariño.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Los innovadores. Los genios que inventaron el futuro Walter Isaacson


Durante el frenesí de ensayos con bombas termonucleares de los años 50, un investigador de la Corporación RAND llamado Paul Baran empezó a preocuparse por la fragilidad de las redes de comunicación estadounidenses. Los sistemas telefónicos de la época exigían que los usuarios se conectasen a unos cuantos centros principales que sin duda se convertirían en blanco de los soviéticos apenas estallase la Tercera Guerra Mundial. Así que a Baran se le ocurrió una alternativa menos vulnerable: un sistema descentralizado similar a una red de pesca inmensa, con una serie de pequeños nodos cada uno de los cuales estaría conectado con otros. Dichos nodos no sólo serían capaces de recibir señales, sino también de encaminarlas hacia sus vecinos, generando así innumerables rutas posibles para que los datos siguiesen fluyendo en caso de destrucción de parte del sistema. Los datos viajarían por la estructura en bloques diminutos, denominados “paquetes”, que, al llegar a su destino, se autoensamblarían formando un todo coherente.
Cuando Baran expuso su idea a AT&T confiaba en que la empresa se daría cuenta de lo juicioso que sería construir un sistema que pudiese resistir un ataque nuclear. Pero, como narra Walter Isaacson (Nueva Orleans, 1952) en Los innovadores, los ejecutivos de AT&T reaccionaron como si Baran les hubiese propuesto entrar en el negocio de la cría de unicornios. Le explicaron por qué su red “de conmutación de paquetes” era físicamente inviable. Cuando terminaron, los ejecutivos le preguntaron si veía por qué la conmutación de paquetes no funcionaría, y Baran, escribe Isaacson, respondió que No. De este modo, AT&T desperdició su ocasión de pasar a los anales de la tecnología, ya que la computación de paquetes llegó a convertirse en una de las piedras angulares de Internet. Pero la empresa puede consolarse con el hecho de que no fue ni mucho menos la única en permitir que la negatividad impulsiva le impidiese ver una fabulosa oportunidad digital. En Los innovadores, poderosas corporaciones desdeñan ideas que valen miles de millones de dólares. Por fortuna para aquellos que nos sentimos perdidos cuando no tenemos a mano nuestros iPads o nuestros móviles 4G, los Paul Baran del mundo no se desaniman fácilmente.

La tenacidad es solo uno de los rasgos de carácter común a los brillantes personajes de Los innovadores. Isaacson identifica además otras virtudes fundamentales para el éxito de sus extravagantes héroes. Todos los pioneros digitales han detestado la autoridad, han apreciado la colaboración y han estimado el arte tanto como la ciencia. Aunque lo que enseña pueda ser trivial, el libro no deja de ser absorbente y valioso, y en él Isaacson despliega su enorme talento narrativo. Pocos autores tienen tanta habilidad para traducir la jerga técnica a una prosa atractiva, o para ilustrar cómo la arrogancia y la avidez pueden hacer que los genios pierdan el norte.

Isaacson ha elegido un proyecto muy ambicioso después de su biografía de Steve Jobs, y acierta al emplear una estructura lineal que da a Los innovadores un impulso natural. El libro empieza en la década de 1830 con la clarividente Ada Lovelace, la hija de lord Byron, distinguida por sus dotes para las matemáticas, que concibió una máquina que podía realizar diversas tareas en respuesta a distintas instrucciones algorítmicas. (Isaacson se esfuerza por rendir homenaje a las ignoradas contribuciones de las mujeres programadoras). A continuación, el relato da un salto hasta la víspera de la Segunda Guerra Mundial, cuando los ingenieros se afanaban por construir máquinas capaces de calcular las trayectorias de los misiles y los obuses. Uno de esos inventores fue John Mauchly, un joven y decidido profesor del Ursinus College. En junio de 1941 visitó Ames, en Iowa, donde un ingeniero electrónico llamado John Atanasoff había realizado una hazaña aparentemente portentosa: había montado una calculadora electrónica “que podía procesar y almacenar datos a sólo dos dólares por dígito”. En contra de los consejos de su esposa, que sospechaba que Mauchly no era de fiar, Atanasoff le mostró su improvisada creación. Poco después, Mauchly incorporó algunas de las ideas de Atanasoff a Eniac, la máquina de 27 toneladas aclamada generalmente como el primer auténtico ordenador. La áspera batalla por la patente que tuvo lugar a continuación se prolongó hasta 1973, y la victoria fue para Atanasoff.

A Mauchly se le reprueba el haber robado al más romántico de los arquetipos de la tecnología, al “manitas solitario del sótano” que hacía bosquejos de sus inspiraciones repentinas en servilletas de papel. Isaacson, en cambio, sostiene que las alabanzas que se dedican a personajes como Atanasoff son excesivas, ya que una idea ingeniosa no tiene valor a menos que pueda ser puesta en práctica a gran escala. Si Mauchly no hubiese ido a Iowa a “tomar prestado” el trabajo de Atanasoff, este habría sido “una nota histórica a pie de página caída en el olvido” en vez de un venerado pilar de la informática.

Isaacson no es tan indulgente cuando se refiere a los pecados de William Shockley, quien en 1956 compartió el Nobel de Física por coinventar el transistor. Shockley es el malo del libro, un personaje con afán de protagonismo cuyas tendencias paranoides arruinaron la empresa que llevaba su nombre. Sus ocho mejores investigadores la abandonaron y prosiguieron su carrera fundando Fairchild Semiconductor, la compa- ñía más influyente de la historia digital.Shockley, mientras, se convirtió en un delirante defensor de abominables teorías sobre la raza y la inteligencia.

La revolución digital germinó no solo en empresas de cuello blanco de Silicon Valley como Fairchild, sino también en los círculos hippies de la ciudad de San Francisco. Los miembros intelectualmente inquietos de esas comunidades “compartían el rechazo a las élites poderosas y el deseo de controlar su propio acceso a la información”. De su cultura de la independencia surgiría el ordenador personal, el ordenador portátil y la idea de Internet como una herramienta para la gente de a pie más que para los especialistas. Aunque Isaacson sin duda siente aprecio por esos espíritus inconformistas, el retrato que hace de su mundo adolece de un cierto distanciamiento antropológico. Tal vez por estar acostumbrado a escribir biografías de personajes que se movían por los pasillos del poder -Franklin, Kissinger, Steve Jobs-, el autor parece algo desconcertado ante individuos marginales comprometidos con la causa como Stewart Brand, un futurista inspirado por el LSD que predijo la democratización de la informática.

No obstante, esta pequeña falta se disculpa de inmediato al entrar en el entretenido último acto del libro, cuando los equipos informáticos se comercializan y los programas le siguen en su ascenso. Aquí la estrella es Bill Gates, a quien Isaacson presenta como una especie de gamberro, un jugador compulsivo, “rebelde por el simple gusto de incordiar”. Igual que Baran antes que él, Gates se topó con una tremenda falta de visión en el ámbito empresarial, en su caso en IBM, que fue incapaz de darse cuenta de que el ordenador personal, buque insignia de la empresa, sería relegado al olvido por sus clones si permitía que Microsoft otorgase licencias de MS-DOS, el sistema operativo de la máquina, a discreción. Gates sacó partido del error con un fervor salvaje.

Los innovadores no se le puede reprochar en verdad la precipitación de sus páginas finales, en las que Isaacson proporciona unos breves y muy poco esclarecedores vistazos a Twitter, Wikipedia y Google. El relato del libro no tiene una conclusión coherente, ya que en el momento en que su autor entregó el manuscrito la tecnología digital no había dejado de evolucionar. En consecuencia, cualquier final estaba condenado a resultar desfasado.

Pero incluso en su máxima precipitación, el libro muestra una genuina estima por sus personajes que hace que resulte difícil resistirse a él. Lo que lo hace más sobresaliente no son sus complejas narraciones de los logros asombrosos y de los dramas empresariales que les siguieron, sino los momentos de sosiego en los que nos damos cuenta de que el impulso más primario de los innovadores es la necesidad de sentir el júbilo de la infancia.