lunes, 17 de diciembre de 2012

Para entender a Alberto Olmos/ QUE LEER


La relación entre Alberto Olmos y Qué Leer no ha sido un paseo por el parque, cabe reconocerlo. Él mismo lo explicó en su momento, pero podemos resumírselo para ir entrando en calor. La paletada de arena, a finales de 1998, cuando el segoviano quedó finalista del Premio Herralde con A bordo del naufragio, fue doble: la censura por parte de nuestro Aníbal Lector en una de sus crónicas y, acto seguido, una reseña de ese libro que firmé yo mismo y que se saldó con la valoración de un tintero sobre cinco (esto es, un suficiente). Y, cosa de los equilibrios cósmicos, la de cal también iba a resultar dual: más allá del heterónimo de Lector Malherido, Olmos comenzó a colaborar con nosotros como crítico y el pasado año incluso se encaramó a nuestra portada gracias a suEjército enemigo (apuesta que hoy día repetiríamos pese a que nos valió también bastantes palos).
Sucede, claro está, que toda una década media entre el inicio turbulento y este (de momento) final feliz. Diez años largos en los que nos separó un abismo, de razonable resentimiento por su parte y de involuntaria ignorancia por la nuestra. Dolido por el trato que le habíamos dispensado y, si no nos han informado mal, rechazado por Anagrama con su siguiente novela, Olmos tardó siete de esos diez años en desembarcar en Lengua de Trapo, el sello que acogió sus Trenes hacia Tokio y donde definitivamente halló El estatus novelístico antes de fichar por Mondadori. Y es en este momento, caso de que sus diversos blogs no hayan resultado ya suficientemente aclaratorios, cuando celebramos la aparición dePose en La Uña Rota.
Porque Pose consta de dos textos autobiográficos (ya ven que de dicotomías va la cosa), sendos diarios que abordan, por un lado, sus tiempos como profesor de inglés y español en Japón antes de volver a publicar, y, por otro, su visita de 2010 a la Feria del Libro de Guadalajara con los cuatro títulos en Lengua de Trapo bajo el brazo. Por si cabía alguna duda, constatamos aquí que Olmos es uno de esos autores que respiran y comen y defecan literatura, que toman apuntes y llevan diarios y se preguntan y responden sobre el fenómeno. Pero, aún más importante, nos erigimos en voyeurísticos testimonios de cómo la obsesión por el fracaso que protagoniza la entrada más emotiva de la primera pieza se transforma en uso de la fama y abuso del nombre propio (a menudo ajeno) en la segunda. En el fondo, más allá de álter egos polémicos y “poses” diversas, Alberto Olmos tiene muy claro un aspecto de sí mismo que aspira a transmitir, un yo (meta)literario plagado de acotaciones como raíces que se extienden por su (auto)formación y su contexto y su entorno y su trabajo. Personalidad no le falta, maneras menos y, afortunadamente, público tampoco.