viernes, 11 de abril de 2014

Rituales, manías y tics de escritor

Rituales cotidianos. Cómo trabajan los artistas, de Mason Currey, nos descubre que Franz Kafka, Jean-Paul Sartre, Charles Darwin, Andy Warhol, Benjamin Franklin, Jane Austen, Anne Rice, Igor Stravinsky, Karl Marx, Woody Allen, Agatha Christie, Pablo Picasso y Stephen King tenían algo en común: ¡manías!
Rituales cotidianos de escritoresMás de ciento sesenta escritores, pintores, científicos o inventores desfilan por las páginas de Rituales cotidianos bajo una luz nueva: la que nos deja ver sus rituales, manías, tics y rarezas a la hora de trabajar (o de no trabajar). Cuidado: empezado (en forma de blog) un día en que su autor no encontraba las ganas de trabajar, este libro podrá evitarte hacer algo productivo durante muchas horas, y te dará más de una idea para organizarse una vida creativa… o todo lo contrario.
En el catálogo que elabora Mason Curreytienen lugar muchos perfiles:
-El que se encerraba en una habitación forrada de corcho y solo tomaba en todo el día dos tazas de café con leche y dos croissants (¡y a veces uno solo!).
-El ama de casa que se levantaba a las cuatro de la madrugada para escribir antes de llevar los niños al colegio.
-El que dijo “soy como un médico en la sala de urgencias y la urgencia soy y”».
-El que se traga cada día medio bote de anfetaminas encerrado en el estudio, y el que pinta con los hijos jugando alrededor.
-El buen oficinista (“escribo cada día media página, y al cabo de un año eso ya es algo”), y el que pasa meses sin trabajar pero un día escribe ochenta páginas de un tirón, y apenas corrige luego.
Mason Currey nació en Honesdale (Pensilvania) y es licenciado por la universidad de North Carolina en Asheville. Ha colaborado en publicaciones como Slate, Metropolitan y Print. Vive en Brooklyn y Rituales cotidianos es su primer libro.

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jueves, 10 de abril de 2014

LA DOÑA, VOLUNTAD Y DESAFÍO


"Yo nací en Ála­mos, bajo un sol de fuego. Nada me puede quemar."
Maria FelixHoy se cum­plen 100 años del naci­miento de María Félix (1914–2002), la mayor estre­lla del cine mexi­cano y una de las pre­sen­cias más pode­ro­sas de la cine­ma­to­gra­fía ibe­roa­me­ri­cana. Y sabe­mos que hoy es el día pese a los reite­ra­dos jugue­teos con su edad de la intere­sada y de sus ado­ra­do­res. «María Félix ha nacido en muchas fechas, pero siem­pre en el mismo lugar. Sus oca­sio­na­les bió­gra­fos la hacen sal­tar de un año al otro y de mes en mes. El pin­to­resco Henry Bur­din (La mexi­caine, París, 1982) para qui­tarle años hace que se case cuando cum­ple catorce y tenga su único hijo a los 15″, cons­tata Paco Igna­cio Taibo I (1924–2008) en un libro exqui­sito que hoy merece la pena res­ca­tar: María Félix. 47 pasos por el cine, edi­tado en 2008 por la extinta Bru­guera que enton­ces diri­gía, en la breve resu­rrec­ción del his­tó­rico sello, Ana María Moix. Para des­pe­jar la incóg­nita, Taibo recoge la copia de la par­tida de naci­miento de María de los Ánge­les Félix que fija el ocho de abril de 1914 como fecha verdadera.
Es el arran­que de una pre­ciosa bio­gra­fía tra­mada a par­tir de las 47 pelí­cu­las inter­pre­ta­das por la mítica actriz. Una deci­sión opor­tuna en tanto que “el cine hizo a María”, ase­gura el autor. «El cine no sólo la hizo famosa, sino que la hizo tal y como ahora es. Del cine tomó no sólo la fama y el dinero, sino tam­bién per­so­na­li­dad, estilo, vigor, alti­vez. Pasa María por el cine apren­diendo de sus per­so­na­jes y fin­gién­dose ella misma un per­so­naje más, hasta el punto de que reali­dad y fic­ción se mez­clan y amasan».
María, un carác­ter de “volun­tad y desa­fío”, tiene la ambi­ción y la deci­sión de dejarlo todo atrás para hacerse un nom­bre, y encuen­tra la oca­sión de hacerlo cuando Fer­nando Pala­cios la des­cu­bre para el cine. En la emer­gente cine­ma­to­gra­fía mexi­cana de los pri­me­ros años 40, María Félix, La Doñadesde su ter­cera pelí­cula, Doña Bár­bara, encuen­tra un hueco por ocu­par. Si Isa­bela Corona era “la gran actriz”; si Glo­ria Marín “la belleza mexi­cana”; si María Elena Mar­qués “la juven­tud inge­nua e inex­perta” y Andrea Palma un mis­te­rio indes­ci­fra­ble, «fal­taba la mujer que negara la ser­vi­dum­bre tra­di­cio­nal y fol­kló­rica de la hem­bra de México, fal­taba la belleza agre­siva, la acción des­pre­jui­ciada. El hueco era tan mani­fiesto que pare­cía estar lla­mando a una nueva pre­sen­cia que no se vis­lum­braba. María se fue haciendo a la idea de que esa ausen­cia sólo podía ser cubierta por una sola per­sona: ella misma».
Es un pla­cer reco­rrer la vida de la Félix meci­dos por la exce­lente prosa mes­tiza de Taibo padre, astu­riano exi­liado en México, y hacer nues­tra su admi­ra­ción pru­dente hacia una actriz que tan­tos entu­sias­mos des­per­tara. Su punto de vista, y eso es quizá lo que lo hace excep­cio­nal, parte del escep­ti­cismo hacia las pelí­cu­las de Félix –«uno, que no tiene espe­cial apre­cio a sus films, que está a punto de negar­los»–, tanto como del reco­no­ci­miento de que su apa­ri­ción hacía bue­nas las peo­res pelí­cu­las, que “des­plaza” con su pre­sen­cia. «Con toda segu­ri­dad el mejor film de María es el que no hemos podido ver, pero que acaso algún día se haga posi­ble; la pelí­cula de los mejo­res momen­tos de sus pelí­cu­las. Por­que en el fondo no nos impor­tan los argu­men­tos, las his­to­rias ni tan siquiera sus opo­nen­tes; lo que importa es ver a María Félix», esa «asom­brosa esta­tua que se sabe reina».

miércoles, 9 de abril de 2014

ES UN DECIR JENN DIAZ

Merece la pena pararse en este nombre, Jenn Díaz (Barcelona, 1988), por varios motivos. El primero es la sorpresa que despierta constatar que, siendo una escritora tan joven, cuenta con un haber de cuatro títulos narrativos que han servido para dirigir hacia ella muchas miradas. Con el primero, Belfondo, debutó en 2011, y desde entonces han ido apareciendo El duelo y la fiesta (2012), Mujer sin hijo (2013) y este Es un decir(2014), otro interesante motivo para respaldar el asombro que suscita una narradora de 25 años que viene publicando un libro al año. Ahora bien, lo que interesa destacar es que su escritura proyecta un discurso que permite reconocer en él cierta madurez lectora, (aval imprescindible para quien desee significarse en el ámbitode la creación literaria), así como identificar sus referentes, en este caso grandes personalidades de la narrativa española del siglo XX. Así, leyendo este cuarto libro, que opta por un drama rural ambientado en la España de la guerra civil y la posguerra, y sitúa el punto de vista narrativo en la voz de una niña, resuelta y decidida, que cuenta de manera directa y espontanea una realidad brutal (el asesinato de su padre, el mismo día que ella cumple once años), se escucha no solo su voz, asumiendo un asunto de tan difícil gestión, como es el relato realista de las heridas de aquella época sobre las mujeres de su familia, sino la de una herencia literaria bien digerida: Martín Gaite, Ana Mª Matute, Delibes...

Lo que cuenta Mariela, desde la osadía infantil que dispara su verborrea, matizada por ese “es un decir”, pretendida manera de limar la dureza de su interpretación del universo que le rodea, compone un relato veraz y coherente, además de tierno y sobrecogedor, de aquellos años que conformaron su educación, y determinaron su visión del mundo en el que las mujeres de su familia se echaron a la espalda el nudo del fracaso yla resignación. De su ir trenzando palabras escuchadas a medias (su padre “se equivocó de bando en la guerra”), preguntas sin respuesta (¿el abuelo?, ¿el tío?, ¿la razón de la muerte del padre?), y recuerdos, miedos y silencios, se desprende un relato en tres momentos, que alterna su voz con la de su abuela. Quizá merezca objeciones la estructura, y lo mejor esté en el lenguaje y estilo de Mariela, que exhibe virtudes embaucadoras. Lo cierto es que nos ofrece un relato abierto, tierno y demoledor, que renueva una historia mil veces oída. A Jenn Díaz no hay que perderla de vista. Y no es un decir. 

martes, 8 de abril de 2014

LIBROS "TREBLINKA"

Vayan por delante dos cosas: la primera es que Treblinka es un libro duro, durísimo; la segunda es que su valor no está en sus méritos literarios, sino en los hechos que relata. La narración del joven polaco Chil Rajchman acerca de su deportación y cautiverio al campo de concentración que da título al libro no tiene nada de poético, de literario: en este texto sólo se puede encontrar dolor, extrañeza, angustia, miedo e incomprensión. Por más que se lea sobre el exterminio nazi; por más testimonios que escuchemos; por más detalles que conozcamos; nada será suficiente para entender cómo el ser humano alcanzó tales cotas de ignominia como durante la Segunda Guerra Mundial. Estas breves memorias de Rajchman nos recuerdan, de forma muy vívida y atroz, que los hombres pueden llegar a degradarse entre ellos sin límite moral alguno.
La edición de Seix Barral completa el texto del autor con un epílogo de Vasili Grossman en el que se da cuenta del funcionamiento del campo de Treblinka, de cómo se alzó para llevar a cabo el asesinato en masa de miles de prisioneros judíos, y de cómo el ejército alemán imponía una disciplina inhumana para ejecutar esos planes. Sin embargo, son las escuetas notas de Chil Rajchman las que verdaderamente nos sitúan en ese escenario que no puede sino recibir el calificativo de «dantesco». Su peripecia de meses desde que es trasladado, junto con su hermana, hasta que consigue organizar una fuga y escapar hasta Varsovia, le convierte en un testigo de toda la maldad que puede darse en la relación entre seres humanos. No hace falta pormenorizar los detalles que se cuentan en el libro, pero créanme si les digo que la lectura estremece por la crueldad que ilustra y, por increíble que parezca, la serenidad con la que se relata.
Como decía al comienzo, Treblinka es un libro necesario no por su calidad, sino por dar testimonio de unos acontecimientos tan terribles que no debemos olvidar para evitar que se repitan. Aunque el horror de los campos de exterminio sea atroz, es imperativo conocer lo que ocurrió, ser testigos vicarios de aquellos hechos, participar de cierta forma en ello gracias a los testigos. Los libros como éste (al igual que ocurre con los textos de Primo Levi o de Jorge Semprún) son duros, por supuesto, pero se han convertido en monumentos de la memoria: monumentos que, más allá de su estética, hacen que la literatura se convierta en recuerdo, en documento, en vestigio de algo que el ser humano no debe olvidar.
La grandeza del libro estriba en la serenidad con la que Chil Rajchman narra lo que le va ocurriendo: cómo pierde a su hermana al poco de llegar al campo; cómo consigue sobrevivir adaptándose a las penosas circunstancias; cómo mantiene cierta perspectiva a pesar de ser testigo de innumerables atrocidades… Su entereza, su valentía, son muestras de que incluso en el peor de los escenarios el ser humano atesora cualidades que lo enaltecen; si bien, como la narración muestra una y otra vez, también esconde la maldad más pura en algunos casos.
Treblinkaes un testimonio sobrecogedor, pero necesario; doloroso, pero real. Y aunque sea penosa su lectura, no cabe duda de que salimos de ella más humanos.
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lunes, 7 de abril de 2014

EL PRINCIPIO DE ANA KARENINA

El principio de Ana Karenina, de León Tolstói, es sin duda uno de los más conocidos de la literatura universal. Citado una y mil veces, queremos recordarlo hoy. Si la teoría literaria dice que en las primeras líneas de una historia debe estar condensada o intuida la trama de lo que nos van a contar, en el caso de Ana Karenina podríamos decir que lo consigue con una sola frase…
Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.
En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La esposa acababa de enterarse de que su marido mantenía relaciones con la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él.
Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás miembros de la familia. Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya sentido y que, incluso en una posada, se encuentran más unidos los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.