miércoles, 15 de abril de 2015

La vida sin armadura Alan Sillitoe

¿Recuerdan aquella angustiosa batallita abuelil del yo con cinco pesetas iba al cine, merendaba, me compraba cuatro caramelos y ahorraba para que tú ahora puedas estar ahí sentado comiendo pan con Nocilla con tu carita de clase media bien alimentada? En La vida sin armadura, Alan Sillitoe, desde el trono de escritor consagrado que ha llegado a la cúspide salido del lodazal más inmundo de la Inglaterra obrera de posguerra, nos cuenta su vida a golpe de correazo de padre analfabeto, desgranando uno a uno cada penique que ganaba, cómo lo conseguía y en qué lo gastaba, pero ahorrándose el tono aleccionador, simplemente con la ligereza de alguien para quien la miseria fue algo innato y no necesariamente traumático.
El autor de La soledad del corredor de fondo rechazaba que se le identificara con la figura del escritor proletario, pero su biografía, sencilla y franca, en ocasiones toma el encantador cariz del libro de cuentas de un ama de casa en apuros, detallando pagas semanales, precios de libros y alimentos. Incluso cuando el niño de barrio deprimido de Nottingham se transforma en un joven aspirante a escritor que vive en una comunidad de artistas en la isla de Mallorca y que se mantiene gracias a la pensión del ejército (concedida tras haber enfermado de tuberculosis en Malasia) la posibilidad de comer naranjas gratis o el pago de cada uno de los alquileres quedan patentes al final de cada anécdota. Hay un párrafo especialmente remarcable en este sentido, en el que el autor y el lector suspiran de alivio al unísono, y es cuando, tras años de luchar por la publicación de un libro, la rueda del éxito empieza a girar, y es justo ahí cuando la pensión del ejército deja de fluir. Sillitoe afirma que siempre pensó que un responsable anónimo de las pensiones del ejército, de alguna manera estuvo ocupándose en la sombra de que la pensión fuese renovada una y otra vez, en una especie de mágico mecenazgo en la sombra, hasta que el cachorro estuviese listo para andar por sí mismo.
Sillitoe no tiene piedad con nadie: describe a su padre como la inteligencia de un niño de 10 años en el cuerpo de un animal, y narra las penurias para seguir adelante en toda su crudeza. Cuando se trata de sí mismo, tampoco se da demasiado respiro, y relata con sorna su propia ineptitud literaria: Mi hermano Brian, a quien había enviado una copia, me la devolvió diciéndome que, en su opinión, que el camarero lleve a la mesa un pedido de ocho pintas, tres vasos, dos ginebras con naranja, ron, whisky y tres paquetes de cigarrillos Woodbine desde la barra, no es realista, porque no podría llevarlo todo en una bandeja. Y lo que de verdad brilla entre la mugre de su relato es precisamente esa falta de resentimiento, la ligereza para seguir viviendo, la fuerza de quien reconoce su propia estupidez, pero también intuye su propio talento, y camina con uno en cada mano, tambaleándose.
Al final, cuando ya es el pionero de la literatura obrera británica y sus libros Sábado por la noche, domingo por la mañana y La soledad del corredor de fondo son exitosas adaptaciones cinematográficas, el escritor británico rememora la barrita de mantequilla recién hecha que compra en la tienda del pueblo al que se ha retirado para seguir escribiendo con la delectación de un niño pobre frente a una golosina, y afirma:No sentir ansiedad con respecto al dinero parecía la única confirmación del éxito.