lunes, 24 de noviembre de 2014

Los innovadores. Los genios que inventaron el futuro Walter Isaacson


Durante el frenesí de ensayos con bombas termonucleares de los años 50, un investigador de la Corporación RAND llamado Paul Baran empezó a preocuparse por la fragilidad de las redes de comunicación estadounidenses. Los sistemas telefónicos de la época exigían que los usuarios se conectasen a unos cuantos centros principales que sin duda se convertirían en blanco de los soviéticos apenas estallase la Tercera Guerra Mundial. Así que a Baran se le ocurrió una alternativa menos vulnerable: un sistema descentralizado similar a una red de pesca inmensa, con una serie de pequeños nodos cada uno de los cuales estaría conectado con otros. Dichos nodos no sólo serían capaces de recibir señales, sino también de encaminarlas hacia sus vecinos, generando así innumerables rutas posibles para que los datos siguiesen fluyendo en caso de destrucción de parte del sistema. Los datos viajarían por la estructura en bloques diminutos, denominados “paquetes”, que, al llegar a su destino, se autoensamblarían formando un todo coherente.
Cuando Baran expuso su idea a AT&T confiaba en que la empresa se daría cuenta de lo juicioso que sería construir un sistema que pudiese resistir un ataque nuclear. Pero, como narra Walter Isaacson (Nueva Orleans, 1952) en Los innovadores, los ejecutivos de AT&T reaccionaron como si Baran les hubiese propuesto entrar en el negocio de la cría de unicornios. Le explicaron por qué su red “de conmutación de paquetes” era físicamente inviable. Cuando terminaron, los ejecutivos le preguntaron si veía por qué la conmutación de paquetes no funcionaría, y Baran, escribe Isaacson, respondió que No. De este modo, AT&T desperdició su ocasión de pasar a los anales de la tecnología, ya que la computación de paquetes llegó a convertirse en una de las piedras angulares de Internet. Pero la empresa puede consolarse con el hecho de que no fue ni mucho menos la única en permitir que la negatividad impulsiva le impidiese ver una fabulosa oportunidad digital. En Los innovadores, poderosas corporaciones desdeñan ideas que valen miles de millones de dólares. Por fortuna para aquellos que nos sentimos perdidos cuando no tenemos a mano nuestros iPads o nuestros móviles 4G, los Paul Baran del mundo no se desaniman fácilmente.

La tenacidad es solo uno de los rasgos de carácter común a los brillantes personajes de Los innovadores. Isaacson identifica además otras virtudes fundamentales para el éxito de sus extravagantes héroes. Todos los pioneros digitales han detestado la autoridad, han apreciado la colaboración y han estimado el arte tanto como la ciencia. Aunque lo que enseña pueda ser trivial, el libro no deja de ser absorbente y valioso, y en él Isaacson despliega su enorme talento narrativo. Pocos autores tienen tanta habilidad para traducir la jerga técnica a una prosa atractiva, o para ilustrar cómo la arrogancia y la avidez pueden hacer que los genios pierdan el norte.

Isaacson ha elegido un proyecto muy ambicioso después de su biografía de Steve Jobs, y acierta al emplear una estructura lineal que da a Los innovadores un impulso natural. El libro empieza en la década de 1830 con la clarividente Ada Lovelace, la hija de lord Byron, distinguida por sus dotes para las matemáticas, que concibió una máquina que podía realizar diversas tareas en respuesta a distintas instrucciones algorítmicas. (Isaacson se esfuerza por rendir homenaje a las ignoradas contribuciones de las mujeres programadoras). A continuación, el relato da un salto hasta la víspera de la Segunda Guerra Mundial, cuando los ingenieros se afanaban por construir máquinas capaces de calcular las trayectorias de los misiles y los obuses. Uno de esos inventores fue John Mauchly, un joven y decidido profesor del Ursinus College. En junio de 1941 visitó Ames, en Iowa, donde un ingeniero electrónico llamado John Atanasoff había realizado una hazaña aparentemente portentosa: había montado una calculadora electrónica “que podía procesar y almacenar datos a sólo dos dólares por dígito”. En contra de los consejos de su esposa, que sospechaba que Mauchly no era de fiar, Atanasoff le mostró su improvisada creación. Poco después, Mauchly incorporó algunas de las ideas de Atanasoff a Eniac, la máquina de 27 toneladas aclamada generalmente como el primer auténtico ordenador. La áspera batalla por la patente que tuvo lugar a continuación se prolongó hasta 1973, y la victoria fue para Atanasoff.

A Mauchly se le reprueba el haber robado al más romántico de los arquetipos de la tecnología, al “manitas solitario del sótano” que hacía bosquejos de sus inspiraciones repentinas en servilletas de papel. Isaacson, en cambio, sostiene que las alabanzas que se dedican a personajes como Atanasoff son excesivas, ya que una idea ingeniosa no tiene valor a menos que pueda ser puesta en práctica a gran escala. Si Mauchly no hubiese ido a Iowa a “tomar prestado” el trabajo de Atanasoff, este habría sido “una nota histórica a pie de página caída en el olvido” en vez de un venerado pilar de la informática.

Isaacson no es tan indulgente cuando se refiere a los pecados de William Shockley, quien en 1956 compartió el Nobel de Física por coinventar el transistor. Shockley es el malo del libro, un personaje con afán de protagonismo cuyas tendencias paranoides arruinaron la empresa que llevaba su nombre. Sus ocho mejores investigadores la abandonaron y prosiguieron su carrera fundando Fairchild Semiconductor, la compa- ñía más influyente de la historia digital.Shockley, mientras, se convirtió en un delirante defensor de abominables teorías sobre la raza y la inteligencia.

La revolución digital germinó no solo en empresas de cuello blanco de Silicon Valley como Fairchild, sino también en los círculos hippies de la ciudad de San Francisco. Los miembros intelectualmente inquietos de esas comunidades “compartían el rechazo a las élites poderosas y el deseo de controlar su propio acceso a la información”. De su cultura de la independencia surgiría el ordenador personal, el ordenador portátil y la idea de Internet como una herramienta para la gente de a pie más que para los especialistas. Aunque Isaacson sin duda siente aprecio por esos espíritus inconformistas, el retrato que hace de su mundo adolece de un cierto distanciamiento antropológico. Tal vez por estar acostumbrado a escribir biografías de personajes que se movían por los pasillos del poder -Franklin, Kissinger, Steve Jobs-, el autor parece algo desconcertado ante individuos marginales comprometidos con la causa como Stewart Brand, un futurista inspirado por el LSD que predijo la democratización de la informática.

No obstante, esta pequeña falta se disculpa de inmediato al entrar en el entretenido último acto del libro, cuando los equipos informáticos se comercializan y los programas le siguen en su ascenso. Aquí la estrella es Bill Gates, a quien Isaacson presenta como una especie de gamberro, un jugador compulsivo, “rebelde por el simple gusto de incordiar”. Igual que Baran antes que él, Gates se topó con una tremenda falta de visión en el ámbito empresarial, en su caso en IBM, que fue incapaz de darse cuenta de que el ordenador personal, buque insignia de la empresa, sería relegado al olvido por sus clones si permitía que Microsoft otorgase licencias de MS-DOS, el sistema operativo de la máquina, a discreción. Gates sacó partido del error con un fervor salvaje.

Los innovadores no se le puede reprochar en verdad la precipitación de sus páginas finales, en las que Isaacson proporciona unos breves y muy poco esclarecedores vistazos a Twitter, Wikipedia y Google. El relato del libro no tiene una conclusión coherente, ya que en el momento en que su autor entregó el manuscrito la tecnología digital no había dejado de evolucionar. En consecuencia, cualquier final estaba condenado a resultar desfasado.

Pero incluso en su máxima precipitación, el libro muestra una genuina estima por sus personajes que hace que resulte difícil resistirse a él. Lo que lo hace más sobresaliente no son sus complejas narraciones de los logros asombrosos y de los dramas empresariales que les siguieron, sino los momentos de sosiego en los que nos damos cuenta de que el impulso más primario de los innovadores es la necesidad de sentir el júbilo de la infancia.